Conocí a El hipopótamo azul (The Blue Faience Hippopotamus) en este libro. ¿Vieron los libros de cuentos de hadas de antes? ¿Esos que tenían la primera letra de la primera oración siete veces más grande? ¿Con esa tipografia de pluma de Rey Arturo? Así. Amor a primera vista fue. Lo leí, lo leí, lo leí y lo conté y lo conté y lo conté. En inglés. Hasta que me lo pidieron en castellano. Flechada de amor lo traduje. Y lo conté y lo conté y lo conté.

El viernes pasado, en el taller. ¡Hubo un aplaaaauso! Hubo voces de: ¡Qué hermoso! ¡Qué bien contado! ¡Impecable! Y cuando Juan Moreno dijo sí, impecable, ahora quiero que le digan a Marta qué les pasó a ustedes, hubo  S I L E N C I O.

Y pasó el tiempo.

Por fin, una compañera se animó a decir quizás, un poquito largo. Juan Moreno preguntó: ¿Largo, por el tiempo que dura? Otro compañero dijo: No, como que se hace chicle. ¡¿Chicle, mi tan pulido hipopótamo?! ¿Todo el tiempo?, preguntó Juan Moreno. En la conversación esa entre el hipopótamo y el mago, dijo alguien. ¡¿La parte que yo más adoraba?! Y cuando habla de las mariposas, dijo otra. ¡Pero si ese párrafo era tan lindo! Y mucho “le dijo, le dijo”, dijo alguien más.

Mucha palabra, dijo mi maestro.

Y mucha palabra literaria. Mucho “vio ante sí”, “el semiamargo sabor”, “crepitaba en su corazón”, “jamás antes se había aventurado”, “la negra boca de una cueva”. Tanta, que me inhabilitaba. Todo lo que yo había dicho era perfectamente correcto. Impecable. Y sin duda elegante. Sospechosamente elegante. Tanto, que no dejó espacio para la emoción. De ellos.

Una compañera dijo que igual, a ella le había encantado, era como estar leyendo algo hermoso. Y ahí me partió el rayo: ¡No era como estar leyendo! ¡Era estar leyendo con mi maldita buena memoria lo que se me había pegado long ago and far away después de leer arrobadamente el cuento tres veces seguidas! Lo grité. Parada como un cable pelado, lo grité. Me dijo una compañera: Claro. ¡Lo aprendiste con el otro chip! Y ahí Juan Moreno se me sentó al lado y me hizo diálisis.

Decime esa parte donde él la ve por primera vez. Yo rebobiné la cinta: “en un lodazal … “. En el barro, dijo Juan Moreno. Ahora la parte de las mariposas. Apreté fast foward: “Y entonces, de la negra boca de esa cueva, el hipopótamo vio salir volando las mariposas con expresión más sorprendida que había visto en su vida”. De la cueva … ¡mariposas!, dijo Juan Moreno.

Y así, “simplemente, naturalmente, sin énfasis ni citas en latín”, mi maestro fue devolviendo a la leyenda popular egipcia – y a mí – la oralidad.

¿Te acordás de El hombrecito del azulejo? me preguntó. Hice que sí con la cabeza. Fervientemente. Como quien se da cuenta, de repente, quién da este taller de los viernes.