Este año, al taller de Juan Moreno, llegaron dos compañeros nuevos: un mago y una psicoterapeuta. Los dos, la misma pregunta: ¿Cómo se prepara un cuento? Juan Moreno me mira y, no sin complicidad, me dice: “Marta, ¿por qué no contestás vos?”

Me arremangué.

Yo tengo esta maldita buena memoria. Leo un texto en voz alta más de dos veces seguidas y me lo acuerdo casi palabra por palabra. En Canadá, nos lo dijeron mil veces: no se aprendan los cuentos de memoria.

Yo no me los aprendía de memoria a propósito. Yo los leía y se me pegaban – casi palabra por palabra. Si a eso sumamos un musculoso apego a la ilusión de control y un grado insalubre de perfeccionismo, resulta que yo preparaba un cuento como quien marcha cien veces por el mismo surco de tierra, hasta que cada pisada encaja rigurosamente en cada huella del pie. Para la narración oral: la muerte.

Habrán notado el aba. Mis dos compañeros nuevos también.

Para Juan Moreno, querer practicar un cuento es como querer ensayar un partido de bridge: no podés. No sabés qué van a hacer los otros. Dice Juan Moreno que el cuento hay que armarlo y fijarlo en la oralidad. Podés darle la vuelta como a un caramelo en la boca, buscar otros cuentos con motivos parecidos, leer versiones de ese mismo cuento en otros idiomas. Si el cuento es de los hermanos Grimm podés leerte todos los cuentos de los hermanos Grimm para conocer al dedillo ese universo.

Pero, después – dice mi maestro – ¡Armalo acá! ¡Preparalo acá!

A dos clases de haber llegado a su taller, Juan Moreno me dio la consigna de leer ¡¿una sola vez!? un cuento que yo jamás hubiese contado ni oido contar a nadie. Después, contarlo en clase. ¡¿Así?! ¡¿Sin preparar?! Para la narradora que yo era: la muerte.  ¿Cuantas veces le había dicho a alguien que me pedía un cuento: “No traje nada preparado”?

Al mago que dijera eso, mi maestro le diría: “¡Entonces, invente!” Al psicoterapeuta: “¡Es una emergencia! ¡Cuente!” Y es que hay veces en que contar así es una cuestión de vida o muerte.

¿Habrán conocido a El hombrecito del azulejo? Para Juan Moreno, una lección de narración: porque el hombrecito le habla a la muerte “simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello”. Sin prepararse. ¿Y qué le cuenta? Historias como la suya, cuentos populares, leyendas, gestas de guerra al estilo de los viejos cantares. El hombrecito del azulejo cuenta con la gracia y el arte espontáneos del juglar. Así – y no ¡¿Así?! ¡¿Sin preparar?! – vence a la muerte.

Le hice caso a Juan Moreno. La tercera clase conté así, sin preparar, como el hombrecito del azulejo. Para la narradora que era, contar así fue la muerte. Y ahora, viernes tras viernes, la narración que vamos armando en oralidad con mi maestro y mis compañeros está viva de nuevo, como el hombrecito del azulejo.