Un sábado canadiense, allá por 2006, los Ottawa Storytellers asistimos a un taller sobre ritmo y relato. Mariela Bertelli, la narradora de Toronto que habíamos contratado como facilitadora, abrió el taller con esta historia.

Una mañana italiana, Mariela y su amiga Valeria caminaron del brazo por las callecitas de Milán que todos los días de sus quince años habían recorrido juntas. La mañana siguiente, Mariela emigró a Canadá. Las dos pensaron: no la voy a ver nunca más. En Canadá, Mariela penó. Estudió. Trabajó. Se casó. Tuvo hijos. Tuvo nietos. Tuvo el anhelo indomable de volver a caminar del brazo con Valeria por sus callecitas de Milán. La buscó. La localizó. Viajó a Milán. Por el cuerpo de las dos habían pasado 33 años. Pero al rato de tomarse del brazo y echarse a andar, en el contarse la vida, cayeron en su antiguo paso, como si por el cuerpo de las dos no hubiesen pasado 33 años partidos por el Altántico.

“Todos tenemos nuestro propio ritmo,” dijo Mariela. “Está en el cuerpo. Parte del camino del narrador es descubrirlo.”

Hacía dos años que yo me había zambullido en este arte. Poco tiempo,  para descubrir a qué ritmo la propia voz se funde con el relato. Las notas que tomé en ese taller decían [traduzco]:

¿Cuál es mi propio ritmo? ¿Al caminar? ¿Al hablar? ¿Al contar?  ¿En castellano? ¿En inglés? ¿Cómo agrupo las palabras, para infundirles ritmo? ¿En qué se parece mi voz de narradora a mi voz de todos los días? ¿En qué estructuras y sonidos me demoro y me deleito? ¿En cuáles me apuro, como para sacármelos de encima?

Todas preguntas. Pensaba que cuando las contestara todas, iba a conocer mi ritmo al dedillo. Y que, cuando lo conociera, al narrar, me iba a sentir en el relato como pez en el agua. En cierta medida, pensé bien. En los 6 años que pasaron, descubrí mi ritmo. Pero, al narrar, no siempre me siento como pez en el agua, sobre todo, si narro material literario.

Por eso, el martes pasado, asistí a un taller del Estudio Ana María Bovo sobre – ahá – ritmo y relato. Bernardo Sabbioni, el profesor, nos puso a trabajar el cuerpo en ejercicios rítmicos. Después, ilustró con esta historia cómo una variación rítmica cambia el significado de lo relatado.

En dos oportunidades [ante dos públicos distintos], una narradora relató la misma historia, idénticamente estructurada: DESCRIPCIÓN MINUCIOSA DE UNA VECINA DE SU INFANCIA + ENUNCIACIÓN DE QUE DICHA VECINA SE HABÍA FUGADO CON EL PADRE DE LA NARRADORA. La primera vez, el público se acongojó. La segunda, estalló en carcajadas. ¿La diferencia? Una variación rítmica en la enunciación final.

Si al cuerpo sólo hubiese entrado la conciencia de que el ritmo crea significado, este taller habría cumplido su cometido. Pero al cuerpo entró algo más: la consigna de asignar a un fragmento literario, a priori, ritmos de narración ajenos al mío.

Al cuerpo entró la molestia. La irritación de no poder demorarme en las vocales de donde emano las emociones. La agitación de no tener tiempo de agrupar palabras para aliterar. Una sensación de pérdida. Me dio rabia narrar a contrapelo de mi propio ritmo.  Sonaba como tropel de vacas subiendo a camiones.

Recuperé el sentido de lo que decía y el placer de la palabra cuando caminé tramos del texto a mi propio paso, que ahora sonaba … sorpresivo, nuevo, fresco. Ahá. ¡Desterrarse del propio ritmo resignifica!

¿No dijo McLuhan que un pez no puede conocer el agua porque el agua es lo único que el pez conoce? En este taller caí yo en la cuenta de mi agua: si todo lo que hay es mi propio ritmo – para mí, el relato y quien escucha – mi propio ritmo no significa nada.