Hace dos meses, ya, que empecé a estudiar con Ana María Bovo. Estas sillas son del patio de su abuela. En estas sillas se sentaban los grandes a contarse cosas. Y mi maestra, a escuchar. Dice que así se encendió su interés por los relatos. Y que en el fondo de cada relato hay un deseo. ¡Piensen! Un deseo … en cada historia … que cada uno de esos grandes contó … sentado en estas sillas.

En unas sillas muy parecidas – en la salita de la Escuela 323 de San Jerónimo, Santa Fe – nos sentamos hace poco tres narradores. Acabábamos de contar cuentos a los chicos de esa escuela. Y en minutos, los chicos de esa escuela nos iban a contar cuentos a nosotros. En el mientras tanto – como los grandes de las sillas de la foto – nosotros también nos contamos cosas.

Yo: que una vez un señor me había dicho que prefería los relatos autobiográficos a los cuentos de hadas, porque los primeros eran de verdad y los segundos, no. Y que desde entonces, me poblaba el anhelo feroz de desovillar mi voz autobiográfica para entretejer cuentos de hadas con las hebras de esa otra verdad. Pero que no sabía cómo. ¡Ya vas a poder! me dijeron Juanjo y Pedro, ¡ya vas a encontrar la forma!

Juanjo: que tenía una asignatura pendiente con “El silencio de Lady Anne”, que terminaba en esa vuelta de tuerca con que te ajusta la literatura inglesa. Que uno de estos días, lo iba a trabajar. ¡Que sí, que por favor, que pronto! le dijimos. Que le calzaba tan bien la literatura inglesa.

Pedro:  que cuando era chico, trabajaba en la Veterinaria Fiticcia, un negocio que embalsamaba mascotas.  Que el dueño, en su Italia natal, había embalsamado a los perros de Il Duce. Y que un día, en casa de este vecino amigo, Pedro vio llegar a una señora elegantísimamente embalsamada que cuatro hombres traían alzada en una silla sobre cuyo respaldo flameaba la bandera italiana. ¡¿De verdad?! grité. ¡¿Pero cómo, dónde, en qué barrio?!

Cuando por fin me serenaron, Pedro me contestó que sí, después del colegio, en Villa Crespo (pero que no, que nunca habían embalsamado elegantísimamente a ninguna señora). Que su trabajo era acomodar a los perritos por color en la vidriera (pero que su jefe no había sido el embalsamador personal de los perros de Il Duce). ¡Ah! ¡Había hecho lo que decían en el taller de Ana María Bovo! ¿Que era …? Coser la verdad con los hilos de la mentira.

Camino al salón de actos de la escuela, decidimos juntarnos para explorar a tres escuchas la maravilla de convertirnos en esos costureros. Es que esa escucha hace muy bien, dijo Juanjo. Ayuda a sacar cosas de adentro. Le dije: ¿Te conté la definición de escuchar que encontró en el diccionario Ana María Bovo? Juanjo hizo que no con la cabeza.  Se lo dije muy bajito al oido.

Escuchar: auscultar. Obedecer. Agregar fe.

Nos conmovimos. Y nos callamos. Para escuchar. Porque en el salón de actos ya empezaba el primer cuento de los chicos de la escuela.