Fourth StageThe Fourth Stage es el teatro estilo café concert del Centro Nacional de Artes de Ottawa donde se forjó la serie más emblemática de los Ottawa Storytellers. Se llama igual que el teatro, la serie. Los storytellers participan por convocatoria expresa de la directora artística. Cuando me hice Ottawa Storyteller, no había tres palabras que infundieran tal pavor y tal promesa. The Fourth Stage! ¡El oro del héroe al fin del camino!

En ese entonces era la única serie que teníamos. Nos había ganado un lugar y un público. Corría de diciembre a junio, el tercer jueves de cada mes. Las puertas abrían a las siete. La función empezaba siete y media en punto. Yo llegaba tempranísimo para sentarme lo más adelante y al medio posible, que siempre era justo atrás de la nuca de un señor mayor y su mujer que, ¿cuándo llegaban, la noche anterior? Siempre, la mejor mesa.

No los vi de frente hasta el tercer jueves de noviembre de 2005. Me los olvidé en el acto, del pavor. Esa noche, la serie inauguraba el Ottawa Storytelling Festival de ese año, y la que tendría que haber estado mirando de frente al señor mayor y su mujer por convocatoria expresa de la directora artística había pedido licencia por terror. Heredé su lugar porque alguien dio mi nombre cuando la directora aulló quién podía aprenderse el cuento en dos días.

En el cuento, un nenito se arma de coraje para darle una carta de amor a la chica de su clase que, ¡ni lo mira!, con esos ojos de cielo de verano convertido en lapislázuli. Pero todo lo que podía salir mal sale peor, y la maestra lo sentencia a la oficina del rector, que era alto, flaco y pelado como un poste, con pelos saliéndole por la nariz y las orejas, y un cinto de cuero que dejaba al más héroe sin sentarse durante días. Fue amor a primera leída. Y nos salvamos la vida mutuamente.

Pasó el tercer jueves de noviembre, pasó el tercer jueves de diciembre, Merry Christmas and Happy New Year y, cuando llegué tardísimo al tercer jueves de enero, el señor mayor me hizo Hello! con la mano, mientras su mujer le daba palmaditas al terciopelo rojo de la única silla vacía en todo el teatro. En su mesa: la mejor mesa. ¿Para mí?

Desensillé infinitas gracias y, mientras su mujer me ayudaba a salirme del gorro, los guantes, el saco, el señor me clavó un ojo cómplice: “So! How is Mr. Sschnéiderr?” Míster ¿qquiénn? ¿Habría querido decir Mr. Singh? Bajaron las luces. Anticlimático, justo ahora, decirle que hacía tres años que nos habíamos separado. Le dije bien, gracias. Me dijo: “Still hairs growing out of his nose and ears?” Tiró la cabeza para atrás y sacudió los pelos de la risa. Espié si quedaba alguna silla libre en otra mesa, pero no, sala llena.

El tercer jueves de febrero, llegué temprano para sentarme lo más atrás y a un costado posible, pero el interesado en Mr. Sschnéiderr, que cada dos minutos se paraba, escaneaba la sala y se volvía a sentar, en el minuto final, levantó la mano en señal de Hello!, puso el dedo índice cabeza abajo y lo dejó colgado en el aire como un cartelito de SU SILLA ESTÁ AQUÍ. No se volvió a sentar. Tuve que ir.

Cuando me preguntó how is Mr. Sschnéiderr, le dije que bien, en la India. “Oh! He travels a lot, eh? Ha ha ha!” Sí. Por trabajo. Es consultor del Banco Mundial. “Oh! HA HA HA! Is he? HA HA HA! I hope he gives them the strap, too! HA HA HA! HA HA HA HA HA!” Algo de rata mal alucinada me debió haber visto su mujer en la cara, porque al oído me dijo: “I hope you don’t mind. He really liked your story.” Casi pregunto qué cuento, pero bajaron las luces y, en el silencio que sobrevino: “HA! HA HA HA! HA HA HA HA!”

El tercer jueves de marzo, mientras su mujer me ayudaba a salirme del gorro, le pedí a mi amigo que adivinara quién le mandaba saludos. No me vio venir: “¡Míster Sschnéiderr!” Esta vez, sí, nos reímos los tres juntos. En el intervalo de las ocho y media, me preguntó: “Were there any Mr. Schneiders when you went to school in Argentina?” Había. En vez de darnos con el cinto en privado, nos hacían pasar vergüenza en público. Me clavó el ojo cómplice: “I’d rather take the strap!”

Con el pasar de los jueves, nos fuimos conociendo. Un jueves me invitaron una cerveza, un acto público de intimidad, acá que las personas quedan más lejos. En intimidad recíproca, cada vez que me tocaba contar, los saludaba antes que a nadie, al subirme al escenario y al bajar. Ni un jueves faltaron a la cita, en estos ocho años. Los ví volverse más viejitos. Más leyenda. Más mi oro del héroe al final del camino.

Alguna vez, The Fourth Stage fue solamente el teatro estilo café concert del Centro Nacional de Artes de Ottawa. Hoy es tanto más el fuego donde me forjé. El primer hierro de mi espada. El caballito fiel al que le clavo la espada para desenvainar el devenir más querido. El último jueves que mi amigo y yo nos sentamos juntos, minutos antes de que bajaran las luces, me dio la mano y me dijo:

“I heard Mr. Schneider will be moving back to Argentina.”

Le entrelacé los dedos con fuerza.

“We’ll miss you.”

Qué hondo cala la espada.

Ojalá.