Kristin Wardetzky's ProjectHabía una vez, en Berlín, una pedagoga de arte dramático que se preguntó:

“¿Qué pasaría si un chico que no tiene libros en su casa, que no tiene padres que sepan leer y escribir, que se pasa las 24 horas del día frente a la computadora o la televisión, se encontrara frente a frente con una persona, con una voz humana, que contara cosas únicamente para él?”

La pedagoga de arte dramático se llama Kristin Wardetzky y la respuesta a su pregunta, Erzählzeit. En inglés: Storytelling Time. Un proyecto piloto que articuló allá por 2006.

Durante dos años, una hora por semana, todas las semanas, Kristin y honrada compañía, contaron cuentos de tradición oral en colegios donde los chicos, en su mayoría, eran de origen árabe o turco, tenían papás y mamás que nunca habían aprendido a leer ni a escribir ni en alemán ni en su lengua madre; en colegios con chicos que no tenían vocabulario propio, ni hablaban alemán, ni entendían el alemán que les hablaban sus maestros.

Durante los primeros tres a cuatro meses, les contaron sólo cuentos cortos. De no más de 10 minutos. Sobre todo, cuentos de animales. ¡Animales que hablaban! ¡Animales de los países de donde habían venido sus padres! Los chicos escuchaban.

Después del cuarto mes, empezaron a contarles historias más largas. De 35 a 40 minutos. Con magia. Con tramas intrincadas. Y los chicos escuchaban. Escuchaban. Escuchaban. Y empezaban a decir: “¡Es como tener un cine que pasa películas adentro de la cabeza!”

Al segundo año, los chicos empezaron a contar – a crear – sus propias historias. Después de un año de escuchar cuentos de hadas, cuentos folclóricos de tradición oral, leyendas y mitos, los chicos conocían los motivos, los patrones, los arquetipos (aunque no supieran que se llamaban motivos, patrones, arquetipos), y los hilaron con hebras de su propia vida. En lenguaje poético.

¿Lo digo de nuevo?

Después de un año de escuchar cuentos de tradición oral una hora por semana, todas las semanas, chicos que no hablaban ni entendían alemán ni tenían palabras para narrar sus propios días, estaban creando y dando voz a relatos autobiográficos vertebrados por la literatura oral universal. Habían aprendido a crear imágenes (imagin-ar) con palabras. Habían encontrado una lengua propia. Universal. Y poética. En alemán.

Dijo Kristin Wardetzky, en la conferencia donde contó esta historia, que en la era digital, el desafío es enseñarle a los chicos a traducir las imágenes que reciben del afuera (el cine, los dibujos animados, la literatura, las historietas) a un lenguaje propio. ¡Un lenguaje es tanto más que palabras! Es emoción. ¡Música! Un prisma iluminado por la luz multicolor del intelecto. La humana forma de crear imágenes propias. Ni más ni menos, dijo Kristin, es el trabajo de la narración oral.

Es un trabajo que no ejerce presión. Obra su efecto por deleite. Infundiendo placer, abre puertas por las que empiezan a fluir océanos de palabras que invitan a acercarse a la orilla, y más hondo, y a nadar, cada quien a su propio ritmo, siempre haciendo pie en su propia agua. Es un trabajo lento, que interrumpe el tic-tac del reloj. Y en esa lentitud está el tiempo para sentir. ¡El suspenso! ¡La aventura! El anhelo, el deseo, el amor. ¡El miedo a la muerte! A la soledad. Al fracaso. ¡El triunfo de la heroína y del héroe! Todo al mismo tiempo: ¡la eternidad de la imaginación!

Fue tal el éxito del proyecto que, financiados, lo llevaron a otras escuelas. Y en 2012, el Gobierno de Berlín lo institucionalizó, convirtiéndolo en parte del sistema nacional de educación actual. Se imaginan. En una Conferencia sobre Narración Oral para Niños y Adolescentes enmarcada por el Toronto International Storytelling Festival, la noticia desencajó mandíbulas. ¡No cabía esa magia entre los parietales! Y, como quien revuelve bolsillos buscando varitas mágicas para persuadir a su propio gobierno, la gente empezó a pedir ejemplos, argumentos, estadísticas, ¡estrategias!

Pero apremiaba el tiempo, así que Kristin cerró su ponencia, rescatando la relevancia social de los cuentos de tradición oral. En los comienzos de muchos, hay hambre y hay pobreza. En el final de todos: oro, tesoros y riquezas. “¡Los chicos responden apasionadamente a estos valores, estas metáforas!” dijo. Que bien pueden conocer literalmente. Y contó un ejemplo.

Cuando arrancó el proyecto, le pidieron a una nena de unos 9 años que contara una anécdota. ¿Qué era una anécdota? Una historia cortita de algo que le hubiera pasado a ella. La nena pensó y contó: “Una vez estuve en Austria”.

Dos años después, le pidieron a la misma nena que contara un cuento. La nena pensó y contó: “Había una vez, un marido y su mujer. Eran pobres. El marido pescaba y su mujer tejía. Y con eso se arreglaban para vivir. Un día, la mujer salió a caminar y se encontró con un hombre a caballo. El hombre a caballo le regaló una bolsa mágica y le dijo: “Te va a cumplir todo lo que desees, pero se lo tenés que pedir en voz bajita”. Esa noche, la mujer le mostró la bolsa al marido. Los dos metieron la boca adentro de la bolsa y pidieron ser ricos. En voz bajita. Al día siguiente, ¡eran ricos! Y al día siguiente, compartieron su riqueza con todos. Y así fue como, por fin, todos pudieron ser ricos”.

Ser ricos, dijo Kristin, es el lenguaje con que el cuento viste al anhelo que todos tenemos de ser valiosos, reconocidos: tan valiosos como los demás, tan reconocidos como los que nacieron de padres que sí sabían leer y escribir y hablar alemán, tan valiosos como los que siempre tuvieron palabras para narrar sus propios días. Y yo pensé: ¡La riqueza con la que nos viste la narración oral!

Pensé: ¡El verdadero traje del emperador!

Pensé: Para vestir a nuestros pequeños grandes emperadores.

Pensé: Para que todos podamos narrarnos en Austria.

Erzählzeit, en alemán. Storytelling Time, en inglés. En castellano: www.caminandocuentos.blogspot.com

¡En Argentina!