Fourth StageThe Fourth Stage es el teatro estilo café concert del Centro Nacional de Artes de Ottawa donde se forjó la serie más emblemática de los Ottawa Storytellers. Se llama igual que el teatro, la serie. Los storytellers participan por convocatoria expresa de la directora artística. Cuando me hice Ottawa Storyteller, no había tres palabras que infundieran tal pavor y tal promesa. The Fourth Stage! ¡El oro del héroe al fin del camino!

En ese entonces era la única serie que teníamos. Nos había ganado un lugar y un público. Corría de diciembre a junio, el tercer jueves de cada mes. Las puertas abrían a las siete. La función empezaba siete y media en punto. Yo llegaba tempranísimo para sentarme lo más adelante y al medio posible, que siempre era justo atrás de la nuca de un señor mayor y su mujer que, ¿cuándo llegaban, la noche anterior? Siempre, la mejor mesa.

No los vi de frente hasta el tercer jueves de noviembre de 2005. Me los olvidé en el acto, del pavor. Esa noche, la serie inauguraba el Ottawa Storytelling Festival de ese año, y la que tendría que haber estado mirando de frente al señor mayor y su mujer por convocatoria expresa de la directora artística había pedido licencia por terror. Heredé su lugar porque alguien dio mi nombre cuando la directora aulló quién podía aprenderse el cuento en dos días.

En el cuento, un nenito se arma de coraje para darle una carta de amor a la chica de su clase que, ¡ni lo mira!, con esos ojos de cielo de verano convertido en lapislázuli. Pero todo lo que podía salir mal sale peor, y la maestra lo sentencia a la oficina del rector, que era alto, flaco y pelado como un poste, con pelos saliéndole por la nariz y las orejas, y un cinto de cuero que dejaba al más héroe sin sentarse durante días. Fue amor a primera leída. Y nos salvamos la vida mutuamente.

Pasó el tercer jueves de noviembre, pasó el tercer jueves de diciembre, Merry Christmas and Happy New Year y, cuando llegué tardísimo al tercer jueves de enero, el señor mayor me hizo Hello! con la mano, mientras su mujer le daba palmaditas al terciopelo rojo de la única silla vacía en todo el teatro. En su mesa: la mejor mesa. ¿Para mí?

Desensillé infinitas gracias y, mientras su mujer me ayudaba a salirme del gorro, los guantes, el saco, el señor me clavó un ojo cómplice: “So! How is Mr. Sschnéiderr?” Míster ¿qquiénn? ¿Habría querido decir Mr. Singh? Bajaron las luces. Anticlimático, justo ahora, decirle que hacía tres años que nos habíamos separado. Le dije bien, gracias. Me dijo: “Still hairs growing out of his nose and ears?” Tiró la cabeza para atrás y sacudió los pelos de la risa. Espié si quedaba alguna silla libre en otra mesa, pero no, sala llena.

El tercer jueves de febrero, llegué temprano para sentarme lo más atrás y a un costado posible, pero el interesado en Mr. Sschnéiderr, que cada dos minutos se paraba, escaneaba la sala y se volvía a sentar, en el minuto final, levantó la mano en señal de Hello!, puso el dedo índice cabeza abajo y lo dejó colgado en el aire como un cartelito de SU SILLA ESTÁ AQUÍ. No se volvió a sentar. Tuve que ir.

Cuando me preguntó how is Mr. Sschnéiderr, le dije que bien, en la India. “Oh! He travels a lot, eh? Ha ha ha!” Sí. Por trabajo. Es consultor del Banco Mundial. “Oh! HA HA HA! Is he? HA HA HA! I hope he gives them the strap, too! HA HA HA! HA HA HA HA HA!” Algo de rata mal alucinada me debió haber visto su mujer en la cara, porque al oído me dijo: “I hope you don’t mind. He really liked your story.” Casi pregunto qué cuento, pero bajaron las luces y, en el silencio que sobrevino: “HA! HA HA HA! HA HA HA HA!”

El tercer jueves de marzo, mientras su mujer me ayudaba a salirme del gorro, le pedí a mi amigo que adivinara quién le mandaba saludos. No me vio venir: “¡Míster Sschnéiderr!” Esta vez, sí, nos reímos los tres juntos. En el intervalo de las ocho y media, me preguntó: “Were there any Mr. Schneiders when you went to school in Argentina?” Había. En vez de darnos con el cinto en privado, nos hacían pasar vergüenza en público. Me clavó el ojo cómplice: “I’d rather take the strap!”

Con el pasar de los jueves, nos fuimos conociendo. Un jueves me invitaron una cerveza, un acto público de intimidad, acá que las personas quedan más lejos. En intimidad recíproca, cada vez que me tocaba contar, los saludaba antes que a nadie, al subirme al escenario y al bajar. Ni un jueves faltaron a la cita, en estos ocho años. Los ví volverse más viejitos. Más leyenda. Más mi oro del héroe al final del camino.

Alguna vez, The Fourth Stage fue solamente el teatro estilo café concert del Centro Nacional de Artes de Ottawa. Hoy es tanto más el fuego donde me forjé. El primer hierro de mi espada. El caballito fiel al que le clavo la espada para desenvainar el devenir más querido. El último jueves que mi amigo y yo nos sentamos juntos, minutos antes de que bajaran las luces, me dio la mano y me dijo:

“I heard Mr. Schneider will be moving back to Argentina.”

Le entrelacé los dedos con fuerza.

“We’ll miss you.”

Qué hondo cala la espada.

Ojalá.

AmnestyCorría marzo de 2011 en Buenos Aires. Acababa de poner en últimas palabras Landscapes of Silence, el unipersonal con el que las Two Women Productions estaban a punto de inaugurar su primera temporada. Les mandé el texto. Lo celebraron. Quedamos en empezar a ensayar ni bien aterrizara en Ottawa. Estrenábamos el 15 de abril. No faltaba ni un mes: ¡pero teníamos las palabras!

Landscapes cruzaba la geografía del terrorismo de estado para llegar adonde la mordaza pública se encrucijaba con la privada. Contaba el fin de un silencio. Con mis palabras. Porque la historia era mía. Mío, el silencio. Tanto así, que en el primer ensayo, ¿a mis palabras? no pude darles voz. Lo que en imprenta era luz, en el decir, era niebla. Lo cortés que había quitado lo valiente. Fuck!

Las Two Women me hicieron trabajar la voz física con obstáculos: contar Landscapes mientras me tironeaban en direcciones opuestas; contar Landscapes, empujando muebles, la pared, a ellas; contar Landscapes (y que se escuchara, eh) amordazada, y atada de pies y manos. ¿Los ensayos siguientes?  ¡Fuck lo cortés! Y el 15 de abril, estrenamos lo valiente.

En mayo de este año, Amnesty International me contrató para interpretar a María Patricia Tobon Yagari, abogada y defensora de los pueblos indígenas de Colombia. Del 21 al 24 de mayo, se iba a reunir con altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Extranjeros, senadores, diputados, Lawyers Without Borders y MiningWatch. La ronda de entrevistas cerraba con una conferencia de prensa televisada. ¿El objetivo?

Solicitar al Gobierno de Canadá que, en virtud de las obligaciones extraterritoriales de los estados, investigara el actuar de sus empresas y tomara las medidas pertinentes para proteger los derechos humanos que se están violando a consecuencia de su política extranjera con Colombia. ¿Le quitamos los cortés?

El Estado Colombiano concesiona tierras en reservas indígenas a empresas mineras de capital canadiense, para que instalen economías extractivas mediante incursiones armadas, la usurpación violenta de tierras indígenas legitimadas por la Corte Constitucional de Colombia, el desarraigo forzado, bombardeos y asesinatos. ¿La Conquista sigue, los gentilicios cambian?

Corría el 16 de mayo. El pasaje de avión estaba comprado. La intérprete, contratada. La agenda de reuniones, confirmada. ¿La visa de María Patricia Tobon Yagari, en trámite, en la Embajada de Canadá en Colombia?

Denegada. Amnesty interpuso todos los recursos aplicables. La Organización Nacional Indígena de Colombia envió una declaración. Otra vez teníamos sólo las palabras. La visa la tuvimos cuando se estimó que era tarde: lo suficientemente tarde como para que la voz indígena de Colombia no se escuchara.

Para ese entonces, Canadá dado por perdido, Patricia ayudaba a defender un relleno sanitario del norte donde se había refugiado una comunidad indígena amenazada.  Pero hay un Canadá que no se da por perdido. Hay un Canadá que la rastreó, la ubicó y la sentó en frente de la única computadora en kilómetros a la redonda. Y el miércoles 22 de mayo a las 15.00 en la sala llena de Amnesty, el pueblo indígena gritó ¡presente! Por Skype. En la voz de su abogada.

Gritó porque la conexión era quebradiza, como la institucionalidad del estado colombiano. Precaria, como la responsabilidad corporativa. Frágil, como los derechos humanos. O sólo silencio, como la reacción del gobierno canadiense.

Gritó para que su voz se alzara por sobre la estática, las interferencias, los bombardeos, los asesinatos, los landscapes of silence de tantas geografías. Gritó, empresa minera más, pueblo indígena menos, las mismas palabras que rezaba – rezaba – su declaración: gritó lo cortés. Y será que tantos eran los obstáculos, que fuck lo cortés! escuchamos lo valiente.

Kristin Wardetzky's ProjectHabía una vez, en Berlín, una pedagoga de arte dramático que se preguntó:

“¿Qué pasaría si un chico que no tiene libros en su casa, que no tiene padres que sepan leer y escribir, que se pasa las 24 horas del día frente a la computadora o la televisión, se encontrara frente a frente con una persona, con una voz humana, que contara cosas únicamente para él?”

La pedagoga de arte dramático se llama Kristin Wardetzky y la respuesta a su pregunta, Erzählzeit. En inglés: Storytelling Time. Un proyecto piloto que articuló allá por 2006.

Durante dos años, una hora por semana, todas las semanas, Kristin y honrada compañía, contaron cuentos de tradición oral en colegios donde los chicos, en su mayoría, eran de origen árabe o turco, tenían papás y mamás que nunca habían aprendido a leer ni a escribir ni en alemán ni en su lengua madre; en colegios con chicos que no tenían vocabulario propio, ni hablaban alemán, ni entendían el alemán que les hablaban sus maestros.

Durante los primeros tres a cuatro meses, les contaron sólo cuentos cortos. De no más de 10 minutos. Sobre todo, cuentos de animales. ¡Animales que hablaban! ¡Animales de los países de donde habían venido sus padres! Los chicos escuchaban.

Después del cuarto mes, empezaron a contarles historias más largas. De 35 a 40 minutos. Con magia. Con tramas intrincadas. Y los chicos escuchaban. Escuchaban. Escuchaban. Y empezaban a decir: “¡Es como tener un cine que pasa películas adentro de la cabeza!”

Al segundo año, los chicos empezaron a contar – a crear – sus propias historias. Después de un año de escuchar cuentos de hadas, cuentos folclóricos de tradición oral, leyendas y mitos, los chicos conocían los motivos, los patrones, los arquetipos (aunque no supieran que se llamaban motivos, patrones, arquetipos), y los hilaron con hebras de su propia vida. En lenguaje poético.

¿Lo digo de nuevo?

Después de un año de escuchar cuentos de tradición oral una hora por semana, todas las semanas, chicos que no hablaban ni entendían alemán ni tenían palabras para narrar sus propios días, estaban creando y dando voz a relatos autobiográficos vertebrados por la literatura oral universal. Habían aprendido a crear imágenes (imagin-ar) con palabras. Habían encontrado una lengua propia. Universal. Y poética. En alemán.

Dijo Kristin Wardetzky, en la conferencia donde contó esta historia, que en la era digital, el desafío es enseñarle a los chicos a traducir las imágenes que reciben del afuera (el cine, los dibujos animados, la literatura, las historietas) a un lenguaje propio. ¡Un lenguaje es tanto más que palabras! Es emoción. ¡Música! Un prisma iluminado por la luz multicolor del intelecto. La humana forma de crear imágenes propias. Ni más ni menos, dijo Kristin, es el trabajo de la narración oral.

Es un trabajo que no ejerce presión. Obra su efecto por deleite. Infundiendo placer, abre puertas por las que empiezan a fluir océanos de palabras que invitan a acercarse a la orilla, y más hondo, y a nadar, cada quien a su propio ritmo, siempre haciendo pie en su propia agua. Es un trabajo lento, que interrumpe el tic-tac del reloj. Y en esa lentitud está el tiempo para sentir. ¡El suspenso! ¡La aventura! El anhelo, el deseo, el amor. ¡El miedo a la muerte! A la soledad. Al fracaso. ¡El triunfo de la heroína y del héroe! Todo al mismo tiempo: ¡la eternidad de la imaginación!

Fue tal el éxito del proyecto que, financiados, lo llevaron a otras escuelas. Y en 2012, el Gobierno de Berlín lo institucionalizó, convirtiéndolo en parte del sistema nacional de educación actual. Se imaginan. En una Conferencia sobre Narración Oral para Niños y Adolescentes enmarcada por el Toronto International Storytelling Festival, la noticia desencajó mandíbulas. ¡No cabía esa magia entre los parietales! Y, como quien revuelve bolsillos buscando varitas mágicas para persuadir a su propio gobierno, la gente empezó a pedir ejemplos, argumentos, estadísticas, ¡estrategias!

Pero apremiaba el tiempo, así que Kristin cerró su ponencia, rescatando la relevancia social de los cuentos de tradición oral. En los comienzos de muchos, hay hambre y hay pobreza. En el final de todos: oro, tesoros y riquezas. “¡Los chicos responden apasionadamente a estos valores, estas metáforas!” dijo. Que bien pueden conocer literalmente. Y contó un ejemplo.

Cuando arrancó el proyecto, le pidieron a una nena de unos 9 años que contara una anécdota. ¿Qué era una anécdota? Una historia cortita de algo que le hubiera pasado a ella. La nena pensó y contó: “Una vez estuve en Austria”.

Dos años después, le pidieron a la misma nena que contara un cuento. La nena pensó y contó: “Había una vez, un marido y su mujer. Eran pobres. El marido pescaba y su mujer tejía. Y con eso se arreglaban para vivir. Un día, la mujer salió a caminar y se encontró con un hombre a caballo. El hombre a caballo le regaló una bolsa mágica y le dijo: “Te va a cumplir todo lo que desees, pero se lo tenés que pedir en voz bajita”. Esa noche, la mujer le mostró la bolsa al marido. Los dos metieron la boca adentro de la bolsa y pidieron ser ricos. En voz bajita. Al día siguiente, ¡eran ricos! Y al día siguiente, compartieron su riqueza con todos. Y así fue como, por fin, todos pudieron ser ricos”.

Ser ricos, dijo Kristin, es el lenguaje con que el cuento viste al anhelo que todos tenemos de ser valiosos, reconocidos: tan valiosos como los demás, tan reconocidos como los que nacieron de padres que sí sabían leer y escribir y hablar alemán, tan valiosos como los que siempre tuvieron palabras para narrar sus propios días. Y yo pensé: ¡La riqueza con la que nos viste la narración oral!

Pensé: ¡El verdadero traje del emperador!

Pensé: Para vestir a nuestros pequeños grandes emperadores.

Pensé: Para que todos podamos narrarnos en Austria.

Erzählzeit, en alemán. Storytelling Time, en inglés. En castellano: www.caminandocuentos.blogspot.com

¡En Argentina!

No hace un mes que Jan Andrews me escribió una carta que empezaba: Tengo cáncer de pulmón y es incurable. Sin tratamiento, puedo llegar a vivir de 3 a 4 meses. Con tratamiento, tengo un 50% de posibilidades de llegar al año.  En algún lugar decía: El amor es crucial. En otro: Creo que lo único que podemos hacer en momentos así es ser lo que fuimos toda la vida. Es nuestra partecita del mundo y nuestro trabajo es ocuparla lo mejor posible, hasta el final. Y terminaba: Falta un año, para que mi año se cumpla. Hoy estoy y te quiero. El sol brilla y el lago es espléndido.

Desde que la leí, no encuentro ninguna palabra que la nombre entera. En Buenos Aires, la nombraba como mi maestra. Pero no alcanzaba. Empecé a decir mi maestra y mi mentora. Tampoco. Mi amiga. Mi familia. Sí, también, pero tampoco. Probé con oraciones que empezaban: “Jan fue la que …”, “Sin ella, yo nunca hubiera…”, “Ella fue la primera persona que …” Y terminaba contando todo lo que me acordaba de ella. Pero ni aún así.

No hay una sola palabra que la abarque. La que más se acerca es tierra. Tierra mía. Fundacional. Sagrada. Así es la tierra que ella se volvió en los adentros. Tierra que pisé para hacer pie en mí misma. Sin ella, no habría podido caminar hasta lo más luminoso de mi partecita del mundo. De mí.

Quizá porque la nombré tanto cuando estuve en Baires, siento que mi Argentina entiende esto mejor que mi Ottawa. O será que sentimos más parecido. Ahí busqué el abrazo, desde que leí esa carta. Y el único idioma en que pude llorar fue en castellano. Y en castellano, y de Baires, llegó el abrazo hondo. De tantos.

El último, Peldaños, de Herman Hesse, el abrazo de mi maestro, Juan Moreno. Que termina: Nunca habrá fin para el llamado de la vida. Entonces, despierta corazón y la salud recobra. Porque el amor es crucial. Porque lo único que podemos hacer en momentos así es ser lo que fuimos toda la vida. Porque nuestro trabajo es ocupar nuestra partecita del mundo lo mejor posible hasta el final. Y porque falta un año para que el año de Jan se cumpla. Porque hoy está. Y la quiero. Y el sol brilla y el lago es espléndido.

 

 

 

 

 

 

 

Conocí a El hipopótamo azul (The Blue Faience Hippopotamus) en este libro. ¿Vieron los libros de cuentos de hadas de antes? ¿Esos que tenían la primera letra de la primera oración siete veces más grande? ¿Con esa tipografia de pluma de Rey Arturo? Así. Amor a primera vista fue. Lo leí, lo leí, lo leí y lo conté y lo conté y lo conté. En inglés. Hasta que me lo pidieron en castellano. Flechada de amor lo traduje. Y lo conté y lo conté y lo conté.

El viernes pasado, en el taller. ¡Hubo un aplaaaauso! Hubo voces de: ¡Qué hermoso! ¡Qué bien contado! ¡Impecable! Y cuando Juan Moreno dijo sí, impecable, ahora quiero que le digan a Marta qué les pasó a ustedes, hubo  S I L E N C I O.

Y pasó el tiempo.

Por fin, una compañera se animó a decir quizás, un poquito largo. Juan Moreno preguntó: ¿Largo, por el tiempo que dura? Otro compañero dijo: No, como que se hace chicle. ¡¿Chicle, mi tan pulido hipopótamo?! ¿Todo el tiempo?, preguntó Juan Moreno. En la conversación esa entre el hipopótamo y el mago, dijo alguien. ¡¿La parte que yo más adoraba?! Y cuando habla de las mariposas, dijo otra. ¡Pero si ese párrafo era tan lindo! Y mucho “le dijo, le dijo”, dijo alguien más.

Mucha palabra, dijo mi maestro.

Y mucha palabra literaria. Mucho “vio ante sí”, “el semiamargo sabor”, “crepitaba en su corazón”, “jamás antes se había aventurado”, “la negra boca de una cueva”. Tanta, que me inhabilitaba. Todo lo que yo había dicho era perfectamente correcto. Impecable. Y sin duda elegante. Sospechosamente elegante. Tanto, que no dejó espacio para la emoción. De ellos.

Una compañera dijo que igual, a ella le había encantado, era como estar leyendo algo hermoso. Y ahí me partió el rayo: ¡No era como estar leyendo! ¡Era estar leyendo con mi maldita buena memoria lo que se me había pegado long ago and far away después de leer arrobadamente el cuento tres veces seguidas! Lo grité. Parada como un cable pelado, lo grité. Me dijo una compañera: Claro. ¡Lo aprendiste con el otro chip! Y ahí Juan Moreno se me sentó al lado y me hizo diálisis.

Decime esa parte donde él la ve por primera vez. Yo rebobiné la cinta: “en un lodazal … “. En el barro, dijo Juan Moreno. Ahora la parte de las mariposas. Apreté fast foward: “Y entonces, de la negra boca de esa cueva, el hipopótamo vio salir volando las mariposas con expresión más sorprendida que había visto en su vida”. De la cueva … ¡mariposas!, dijo Juan Moreno.

Y así, “simplemente, naturalmente, sin énfasis ni citas en latín”, mi maestro fue devolviendo a la leyenda popular egipcia – y a mí – la oralidad.

¿Te acordás de El hombrecito del azulejo? me preguntó. Hice que sí con la cabeza. Fervientemente. Como quien se da cuenta, de repente, quién da este taller de los viernes.


Este año, al taller de Juan Moreno, llegaron dos compañeros nuevos: un mago y una psicoterapeuta. Los dos, la misma pregunta: ¿Cómo se prepara un cuento? Juan Moreno me mira y, no sin complicidad, me dice: “Marta, ¿por qué no contestás vos?”

Me arremangué.

Yo tengo esta maldita buena memoria. Leo un texto en voz alta más de dos veces seguidas y me lo acuerdo casi palabra por palabra. En Canadá, nos lo dijeron mil veces: no se aprendan los cuentos de memoria.

Yo no me los aprendía de memoria a propósito. Yo los leía y se me pegaban – casi palabra por palabra. Si a eso sumamos un musculoso apego a la ilusión de control y un grado insalubre de perfeccionismo, resulta que yo preparaba un cuento como quien marcha cien veces por el mismo surco de tierra, hasta que cada pisada encaja rigurosamente en cada huella del pie. Para la narración oral: la muerte.

Habrán notado el aba. Mis dos compañeros nuevos también.

Para Juan Moreno, querer practicar un cuento es como querer ensayar un partido de bridge: no podés. No sabés qué van a hacer los otros. Dice Juan Moreno que el cuento hay que armarlo y fijarlo en la oralidad. Podés darle la vuelta como a un caramelo en la boca, buscar otros cuentos con motivos parecidos, leer versiones de ese mismo cuento en otros idiomas. Si el cuento es de los hermanos Grimm podés leerte todos los cuentos de los hermanos Grimm para conocer al dedillo ese universo.

Pero, después – dice mi maestro – ¡Armalo acá! ¡Preparalo acá!

A dos clases de haber llegado a su taller, Juan Moreno me dio la consigna de leer ¡¿una sola vez!? un cuento que yo jamás hubiese contado ni oido contar a nadie. Después, contarlo en clase. ¡¿Así?! ¡¿Sin preparar?! Para la narradora que yo era: la muerte.  ¿Cuantas veces le había dicho a alguien que me pedía un cuento: “No traje nada preparado”?

Al mago que dijera eso, mi maestro le diría: “¡Entonces, invente!” Al psicoterapeuta: “¡Es una emergencia! ¡Cuente!” Y es que hay veces en que contar así es una cuestión de vida o muerte.

¿Habrán conocido a El hombrecito del azulejo? Para Juan Moreno, una lección de narración: porque el hombrecito le habla a la muerte “simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello”. Sin prepararse. ¿Y qué le cuenta? Historias como la suya, cuentos populares, leyendas, gestas de guerra al estilo de los viejos cantares. El hombrecito del azulejo cuenta con la gracia y el arte espontáneos del juglar. Así – y no ¡¿Así?! ¡¿Sin preparar?! – vence a la muerte.

Le hice caso a Juan Moreno. La tercera clase conté así, sin preparar, como el hombrecito del azulejo. Para la narradora que era, contar así fue la muerte. Y ahora, viernes tras viernes, la narración que vamos armando en oralidad con mi maestro y mis compañeros está viva de nuevo, como el hombrecito del azulejo.

Un sábado canadiense, allá por 2006, los Ottawa Storytellers asistimos a un taller sobre ritmo y relato. Mariela Bertelli, la narradora de Toronto que habíamos contratado como facilitadora, abrió el taller con esta historia.

Una mañana italiana, Mariela y su amiga Valeria caminaron del brazo por las callecitas de Milán que todos los días de sus quince años habían recorrido juntas. La mañana siguiente, Mariela emigró a Canadá. Las dos pensaron: no la voy a ver nunca más. En Canadá, Mariela penó. Estudió. Trabajó. Se casó. Tuvo hijos. Tuvo nietos. Tuvo el anhelo indomable de volver a caminar del brazo con Valeria por sus callecitas de Milán. La buscó. La localizó. Viajó a Milán. Por el cuerpo de las dos habían pasado 33 años. Pero al rato de tomarse del brazo y echarse a andar, en el contarse la vida, cayeron en su antiguo paso, como si por el cuerpo de las dos no hubiesen pasado 33 años partidos por el Altántico.

“Todos tenemos nuestro propio ritmo,” dijo Mariela. “Está en el cuerpo. Parte del camino del narrador es descubrirlo.”

Hacía dos años que yo me había zambullido en este arte. Poco tiempo,  para descubrir a qué ritmo la propia voz se funde con el relato. Las notas que tomé en ese taller decían [traduzco]:

¿Cuál es mi propio ritmo? ¿Al caminar? ¿Al hablar? ¿Al contar?  ¿En castellano? ¿En inglés? ¿Cómo agrupo las palabras, para infundirles ritmo? ¿En qué se parece mi voz de narradora a mi voz de todos los días? ¿En qué estructuras y sonidos me demoro y me deleito? ¿En cuáles me apuro, como para sacármelos de encima?

Todas preguntas. Pensaba que cuando las contestara todas, iba a conocer mi ritmo al dedillo. Y que, cuando lo conociera, al narrar, me iba a sentir en el relato como pez en el agua. En cierta medida, pensé bien. En los 6 años que pasaron, descubrí mi ritmo. Pero, al narrar, no siempre me siento como pez en el agua, sobre todo, si narro material literario.

Por eso, el martes pasado, asistí a un taller del Estudio Ana María Bovo sobre – ahá – ritmo y relato. Bernardo Sabbioni, el profesor, nos puso a trabajar el cuerpo en ejercicios rítmicos. Después, ilustró con esta historia cómo una variación rítmica cambia el significado de lo relatado.

En dos oportunidades [ante dos públicos distintos], una narradora relató la misma historia, idénticamente estructurada: DESCRIPCIÓN MINUCIOSA DE UNA VECINA DE SU INFANCIA + ENUNCIACIÓN DE QUE DICHA VECINA SE HABÍA FUGADO CON EL PADRE DE LA NARRADORA. La primera vez, el público se acongojó. La segunda, estalló en carcajadas. ¿La diferencia? Una variación rítmica en la enunciación final.

Si al cuerpo sólo hubiese entrado la conciencia de que el ritmo crea significado, este taller habría cumplido su cometido. Pero al cuerpo entró algo más: la consigna de asignar a un fragmento literario, a priori, ritmos de narración ajenos al mío.

Al cuerpo entró la molestia. La irritación de no poder demorarme en las vocales de donde emano las emociones. La agitación de no tener tiempo de agrupar palabras para aliterar. Una sensación de pérdida. Me dio rabia narrar a contrapelo de mi propio ritmo.  Sonaba como tropel de vacas subiendo a camiones.

Recuperé el sentido de lo que decía y el placer de la palabra cuando caminé tramos del texto a mi propio paso, que ahora sonaba … sorpresivo, nuevo, fresco. Ahá. ¡Desterrarse del propio ritmo resignifica!

¿No dijo McLuhan que un pez no puede conocer el agua porque el agua es lo único que el pez conoce? En este taller caí yo en la cuenta de mi agua: si todo lo que hay es mi propio ritmo – para mí, el relato y quien escucha – mi propio ritmo no significa nada.

Hace dos meses, ya, que empecé a estudiar con Ana María Bovo. Estas sillas son del patio de su abuela. En estas sillas se sentaban los grandes a contarse cosas. Y mi maestra, a escuchar. Dice que así se encendió su interés por los relatos. Y que en el fondo de cada relato hay un deseo. ¡Piensen! Un deseo … en cada historia … que cada uno de esos grandes contó … sentado en estas sillas.

En unas sillas muy parecidas – en la salita de la Escuela 323 de San Jerónimo, Santa Fe – nos sentamos hace poco tres narradores. Acabábamos de contar cuentos a los chicos de esa escuela. Y en minutos, los chicos de esa escuela nos iban a contar cuentos a nosotros. En el mientras tanto – como los grandes de las sillas de la foto – nosotros también nos contamos cosas.

Yo: que una vez un señor me había dicho que prefería los relatos autobiográficos a los cuentos de hadas, porque los primeros eran de verdad y los segundos, no. Y que desde entonces, me poblaba el anhelo feroz de desovillar mi voz autobiográfica para entretejer cuentos de hadas con las hebras de esa otra verdad. Pero que no sabía cómo. ¡Ya vas a poder! me dijeron Juanjo y Pedro, ¡ya vas a encontrar la forma!

Juanjo: que tenía una asignatura pendiente con “El silencio de Lady Anne”, que terminaba en esa vuelta de tuerca con que te ajusta la literatura inglesa. Que uno de estos días, lo iba a trabajar. ¡Que sí, que por favor, que pronto! le dijimos. Que le calzaba tan bien la literatura inglesa.

Pedro:  que cuando era chico, trabajaba en la Veterinaria Fiticcia, un negocio que embalsamaba mascotas.  Que el dueño, en su Italia natal, había embalsamado a los perros de Il Duce. Y que un día, en casa de este vecino amigo, Pedro vio llegar a una señora elegantísimamente embalsamada que cuatro hombres traían alzada en una silla sobre cuyo respaldo flameaba la bandera italiana. ¡¿De verdad?! grité. ¡¿Pero cómo, dónde, en qué barrio?!

Cuando por fin me serenaron, Pedro me contestó que sí, después del colegio, en Villa Crespo (pero que no, que nunca habían embalsamado elegantísimamente a ninguna señora). Que su trabajo era acomodar a los perritos por color en la vidriera (pero que su jefe no había sido el embalsamador personal de los perros de Il Duce). ¡Ah! ¡Había hecho lo que decían en el taller de Ana María Bovo! ¿Que era …? Coser la verdad con los hilos de la mentira.

Camino al salón de actos de la escuela, decidimos juntarnos para explorar a tres escuchas la maravilla de convertirnos en esos costureros. Es que esa escucha hace muy bien, dijo Juanjo. Ayuda a sacar cosas de adentro. Le dije: ¿Te conté la definición de escuchar que encontró en el diccionario Ana María Bovo? Juanjo hizo que no con la cabeza.  Se lo dije muy bajito al oido.

Escuchar: auscultar. Obedecer. Agregar fe.

Nos conmovimos. Y nos callamos. Para escuchar. Porque en el salón de actos ya empezaba el primer cuento de los chicos de la escuela.

Ansié una noche, después de diez años de vivir en Canadá, vida en Argentina. Camino, monte, bosque, lago, río en Argentina. Ansié la gloria y la belleza que en mí sembró Canadá, pero acá en mi Sur. En castellano. Ansié, sobre todo, reconciliar mis dos voces y mis dos tierras.

Amaneció.

Y me vine.

De a poco, me iré poblando.

De imágenes. De historias. De posibilidades. De verdaderos compañeros de ruta con quienes ya estamos abriendo caminos. De verdaderos compañeros de ruta a quienes todavía no conocí. Y puesta acá en Buenos Aires, me están creciendo raíces que me fijan con fuerza en las alegrías y los sueños, que también crecen y cobran forma.
Sueño con habitar una Argentina más vasta que esta Buenos Aires nuestra. Sueño con narrar esa Argentina que anhelo, paso a paso, viaje a viaje, vivir y construir.

Esta es la aventura. ¡El trabajo! El amor.

Y aquí estoy, por fin, agradecidamente plantada en el sueño firme de mi vida. Despierta. Soñándolo. Como dice un compañero de ruta: ¡Seguimos! Como dicen mis compañeras: ¡Con alegría!